Nada podía compararse con la libertad que sentí al hacer rodar sus rueditas sobre el cemento. Podía sentir el viento golpearme la cara, mi corazón latir con velocidad frente a mi temor de caer y mis piernas moverse hasta más no poder.
Realmente no me sentía del todo entusiasmada con
la posibilidad de ir a patinar, mi hermana últimamente tiene casi una obsesión
con el asunto pero la verdad es que yo no. Era primero de enero, dormí hasta
tarde lo cual implicaba que no me hubiera levantado con el mejor de mis
humores. Sin embargo teniendo en cuenta que el día estaba lindo acepté ir. Fue
la mejor decisión que había tomado ese día.
Llegamos hasta Palermo en el auto acompañadas de
Queeny, que obviamente estaba más entusiasmada que nosotras por estar al aire
libre, así que mientras nosotras girábamos sobre ruedas ella caminaba al sol.
No puedo dar cuenta exactamente de mis
sensaciones al estar con los rollers en mis pies, al principio obviamente tuve
miedo de caerme, la ultima vez que fui ni bien me paré de la silla en la que
estaba para cruzar a la “pista", terminé sentada en el piso. Debo admitir
y celebrar que esta vez no me caí ni en una sola oportunidad.
Al principio debo admitir
fui cuidadosa, lenta, tratando de hacer equilibrio para no cometer papelones y
darme un porrazo, sin embargo cuando me di cuenta que podía mantener el
equilibrio, tomé velocidad y no hacia mas que gritar para que quienes se
cruzaban en el camino no sean victimas de una patinadora un tanto imprudente.
Era sólo cuestión de confianza.
Anduve, anduve y anduve. Esquivé gente, le grité
a otros para que me dejen pasar y fundamentalmente me sentí libre, feliz
como hacía tiempo no me sentía.

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